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En la búsqueda de paz... tan cerca y no lo apreciamos
Las Appalachian Mountains, en Maine, con sus suaves curvas y el verdor intenso de los pastos y los árboles, los cuales están enmarcados con un azul claro de cielo y nubes que danzan un vals lento.
- Thinkstock LLC/Picture Quest
Veo unas cebollas fabulosas...
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Un pescador exhibe langostas de Maine, pescados, almejas y además, después que escoges la langosta, que todavía esta vivita y coleando, te la cocina al vapor y te la prepara en una cesta para que te la lleves.
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Escribo hoy desde un lugar donde el silencio te envuelve y solo es la una de la tarde. Me maravillo el paisaje que se despliega delante de mis ojos.
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Escribo hoy desde un lugar donde el silencio te envuelve y solo es la una de la tarde. Me maravillo el paisaje que se despliega delante de mis ojos. Las Appalachian Mountains, en Maine, con sus suaves curvas y el verdor intenso de los pastos y los árboles, los cuales están enmarcados con un azul claro de cielo y nubes que danzan un vals lento.
Sentada en una silla, de las llamadas Adirondak, producto de un artista local, el cual le ha puesto su creatividad en los colores que los mosaicos que ha puesto en la misma. Aquí estoy en un chalet rústico con ese aire de tiempos donde la vida era más simple, para otros algo como un sueño. Se aspira no solo tranquilidad, sino los olores de la vegetación que le rodea.
Decidí caminar hasta que llegué a un lugar donde abren un Mercado de Granjeros locales. Era al aire libre, con temperaturas deliciosas, y las distintas carpas, ofreciendo coloridas frutas, pasteles de las mismas, cebollas grandísimas y ajos, todavía atados al palo que les vio crecer. Maíz tierno, carne de granjas cercanas y en una de las carpas más grandes, un pescador exhibiendo langostas de Maine, pescados, almejas y además, después que escoges la langosta, que todavía esta vivita y coleando, te la cocina al vapor y te la prepara en una cesta para que te la lleves. Solo por un peso te la prepara. Cada granjero tiene su propia especialidad, y también había uno que vendía distintos tipos de corte de carne y te regala un saco de papas o maíz tierno. Todos muy sonrientes y amables, orgullosos de sus productos. Otros venden miel de sus propias colmenas.
Me llevé lo que necesitaba para nuestra comida para la familia de mi hija Liza y su esposo Rafael. ¡Cuanto lo disfruté!
Después, y si fue después...con la satisfacción que da comer algo así, afuera en el portal, pensé en aquellos que no tienen la oportunidad de escaparse del mundo de concreto que los rodea, y como la preocupación de alimentar a los suyos no les deja ver la oportunidad de mirar hacia la naturaleza que los rodea.
Me puse a pensar que quizás el regreso a la vida más sencilla, donde las personas trabajan el campo, comen su cosecha, y venden el resto en los mercados, es la solución para tantos que corren a las ciudades a buscar una nueva vida, y después se sienten tristes.
Es que todos buscamos lejos lo que tenemos cerca. Yo misma, ¿qué hice?: manejar millas, buscando este lugar bucólico, estos cielos azules, que me rodean también donde yo vivo, no tendré montañas pero tengo más, y los silencios también los encuentro cuando los busco en las horas tempranas del amanecer.
¿Será que tendemos a buscar lo que creemos que no tenemos.... quizás por no mirar alrededor de nosotros…?
Hace unos cuantos años, cuando trabajaba para el sistema escolar, hice un concurso de escritura, Consistía e escribir un ensayo, para que describieran que lugar les gustaría visitar y la razón de su selección. Este concurso tuvo lugar en el sur de la Florida. Las cartas que recibimos nos hicieron derramar lágrimas, ya que la mayoría de estos muchachos, ¡lo que querían era ver y sentir el mar! ¡Y estamos rodeados por el mar!
Muchos habían estado la mayoría de su vida viviendo en tierra adentro y nunca habían ido a la playa y eso era lo que pedían.
La mayoría eran niños especiales, de distintas edades, escogimos a un gran número de ellos, alquilamos un autobús, y los llevamos a un día a la playa con picnic y todo.
Yo no sé quien recibió más alegría, los niños, o los adultos que los acompañamos, y pudimos observar la felicidad en sus ojos al ver y sentir por primera vez el mar.
Muchos decían, que era el día más bello que habían pasado, y que no querían que se terminara.
Ese día, le abrimos la posibilidad a otra vida, a otros paisajes.
Yo creo que lo que he disfrutado hoy aquí en Maine con mi familia, es mirar con "anteojos" diferentes este maravilloso paisaje.
¡Gracias por esa oportunidad!
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