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Mi experiencia con el terrorismo: Muy de cerca y personal en Jerusalén

Fernando Espuelas

Fernando Espuelas en la frontera de Israel y Siria. Escucha su show en tu ciudad, de lunes a viernes, de 2 a 4 EST, por Univision America Network

- Univision Radio

Cuando la sirena anunciando un ataque de cohetes sonó, quedé paralizado.  A unos 50 metros del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén, el sitio más sagrado del mundo para los judíos, yo estaba en el medio de una estampida en masa de hombres que, con sus posesiones religiosas, biblias, chales de oración y Kipás de muchos colores en sus cabezas, corrían por mi lado a alta velocidad.

En la amplia plaza que se encuentra delante del Muro, resonó desde algún lugar una advertencia en hebreo, cuyo mensaje incomprensible (para mí), haciendo sonar la alarma. Empecé a preguntar desesperadamente "¿Habla usted Inglés?".  Desde rápidas sacudidas de la cabeza a miradas de pánico de las personas que trataban de alejarse, corriendo locamente, no pude obtener una respuesta o realmente entender lo que estaba sucediendo.

Finalmente me acerqué a un grupo de cuatro adolescentes que habían venido para la oración del viernes. Le pregunté al primero, "¿hablas inglés?".  Él contestó que no.  Pero otro de los jóvenes, mirándome como si yo fuera un extra-terrestre, pues encima de mi brillante chamarra roja llevaba una kipá blanca que me había dado un guardia en la entrada al lugar santo y que revoloteaba con la fresca brisa, me dijo: “Hamas, pún, pún”.

Pero incluso entonces, mi cerebro no procesaba lo que estaba pasando. Aunque la mayoría de la gente estaba huyendo del Muro hacia lo que después supe que eran los refugios antiaéreos en la columnata que se alinean a un lado de la ancha plaza, otro grupo de hombres, en lo que sólo pude interpretar como un desafío, fueron corriendo hacia el Muro. A través de la calle vestida con piedras en Jerusalén,  una cacofonía de sirenas que hacía ominosas advertencias a través de altavoces, mientras la gente gritaba y los religiosos cantaban sus oraciones, resonaba debajo, por encima y a través de mí.

Pero, aún así, en medio de la vorágine, se alzó mi lado americano. En retrospectiva, veo que mi instinto de escapar ha sido severamente entorpecido por la relativa placidez de vivir en un país como los Estados Unidos, un país en el que para millones de personas, el terrorismo no es más que una abstracción.

Y entonces se desbordó el dique. La plaza delante del Muro de las Lamentaciones está dividida por  barreras perpendiculares que separan a los hombres de las mujeres. De pronto, los soldados israelíes abrieron la barrera, y una estampida de mujeres, con las cabezas cubiertas con bufandas negras, azules, blancas y muchos otros colores, se precipitó hacia dentro. Corrieron hacia donde me encontraba, muchas de ellas con niños en sus brazos o halándolos por sus manos, hacia los refugios.

Una extrañamente calmada fila de soldados israelíes, hombres y mujeres uniformados en verde olivo  que portando armas automáticas, alentaba rápidamente a formar una hilera a quienes estaban parados en el espacio abierto, para impulsarlos hacia los refugios.

Me uní al río de la humanidad que fluía fuera de la Pared y entraba en el refugio antiaéreo bajo un arco que daba paso a un largo túnel, y que ahora estaba lleno de gente. Después de haber sido una de las últimas personas en llegar al refugio, me paré en la entrada, no adentro y no afuera.

Finalmente una voz en inglés anunció: "Esta es la Policía israelí. La sirena que escuchan…” y yo ahí estaba seguro de que el hombre diría que "esto ha sido un ejercicio", como la voz que viene a través del televisor cuando suena el pitido de emergencia por los medios de radiodifusión que se canalizan a través del televisor.

"Esta es la Policía israelí. La sirena que está escuchando es real. Póngase a cubierto."

Inmediatamente a mi izquierda, una mujer joven que llevaba un pañuelo azul claro en su cabeza, sosteniendo un bebé, que a juzgar por su pequeño cuerpo, era de pocos meses, lloraba y cerraba los ojos. Detrás de mí, pude ver personas en el refugio, parados unos cerca de otros, como los pasajeros en el repleto metro de Nueva York en la hora punta. Hombres y mujeres corrían a mí alrededor, y empujando para llegar al albergue, gritaban nombres, buscando desesperadamente a los cónyuges, hijos o amigos que se habían separado durante el éxodo masivo de la plaza.

Otra advertencia: "Esta es la Policía israelí. La sirena que está escuchando es real. Póngase a cubierto."

Un grupo de jóvenes, de pie bajo un arco cercano, empezó a cantar. No sé cuál era la canción, pero el tono era inconfundible: desafío. Más abajo del arco que me refugiaba, se reagruparon unos hombres vestidos de negro, con barbas largas y chales de oración en la cabeza, que se balanceaban al ritmo de la oración judía.

Una mujer se desplomó a unos metros de mí –posiblemente un ataque de pánico- e inmediatamente fue rodeada por un grupo de desconocidos que la levantaron y le hablaron mientras otra mujer puso una botella de agua a los labios, hasta que la llevaron a uno de los refugios.

Los soldados israelíes parecían estar en todas partes, tanto mirando a la multitud como explorando la plaza, tal vez  buscando rezagados o quizás algunos terroristas, esos que marcan la noche mediante la detonación de un bomba suicida.

Y luego, tan pronto como empezó todo, la sirena se detuvo. Por un momento, todo lo que podía oír era el llanto de los hombres y las mujeres; de los niños que habían tenido miedo hasta la histeria y que eran  consolados por sus padres y madres, mientras los cantantes subían la voz y elevaban los puños al cielo. Los religiosos continuaron sus oraciones, meciéndose, aparentemente en trance.

Los soldados empezaron a hacernos señales para que saliéramos del refugio. Hablando en hebreo palabras  que no podía entender, calmadamente gesticulaban con las manos para que regresáramos a la plaza abierta.

A los pocos minutos, el área inmediata al Muro de las Lamentaciones estaba llena de hombres rezando, algunos cubiertos con chales y vistiendo al estilo del siglo XIX, con largos abrigos negros, otros en ropa moderna, con sus Kipás y Biblias como símbolos de reverencia.

Al igual que en el momento en el que la sirena comenzó a sonar, permanecí inmóvil, mientras miles de personas se movían por la plaza y miles de voces se fusionaban, compartiendo shock, miedo y alivio con sus compañeros.

Mi último recuerdo de esa noche fue cuando un amigo me encontró - yo estaba parado en un escalón cerca del arco del refugio antiaéreo. Al separarnos durante el ataque, él había estado buscándome frenéticamente entre los miles de personas que se encontraban en el Muro.

Fortalecido por un whisky, o dos, más tarde el amigo me dijo que sólo me vio en la caótica multitud de miles porque yo llevaba la chaqueta roja, mi protección contra el aire fresco de la noche en el principio del invierno en Jerusalén.

Los dos cohetes de Hamas que activaron no llegaron a Jerusalén, aterrizando muy cerca de una aldea palestina en la Ribera Occidental, cerca de la frontera. Al parecer, no hubo heridos.

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