Publicidad

Conflicto en Corea: ¿crisis en China?

China

Jinshui Bridges, Tiananmen Square, Beijing, China

- Thinkstock LLC/Picture Quest

Por Dr. Darsi Ferret

China es heredera de un convulso y largo pasado de voluntario aislacionismo imperial y consecuente retraso económico, injerencia colonial, invasiones militares, guerra civil y dosis de Mao Zedon sigiang (pensamiento de Mao) a pulso. Por esa causa llegó tarde a la esfera de la hegemonía mundial. Y probablemente a causa de esa disparidad entre tamaño e influencia, hace apenas cuarenta años se lanzó a dar los pasos económicos necesarios en el intento de imponer su gigantesco peso en la arena mundial.

Sin embargo, esta ofensiva hegemónica viene lastrada en la transición de sus instituciones internas, cargadas de verticalidad, imposición y ausencia de transparencia. Como colofón, el control indiscutido del Estado por el Partido Comunista, con sus nuevas vestiduras empresariales, fue presentado como el único liderazgo posible capaz de mantener la unidad nacional ante el reto de la convocada modernización a marchas forzadas. Esta opción mostró visos de cierta credibilidad mientras el proceso globalizador se iba perfilando a nivel mundial. No obstante, ya no es el caso.

La escalada agresiva del conflicto coreano pone en crisis la política exterior china en pleno traspatio. Basadas en un trasnochado ejercicio de realpolitik heredado de la desaparecida Guerra Fría, las “zonas de influencia periféricas” de Beijing comienzan a salirse de la ruta prefijada. Así, el sistema de sostenimiento de regímenes antidemocráticos, como Birmania y Corea del Norte, muestra desobediencia y dispares rumbos hacia futuro, y todo ello al margen de su tutela.

La primera sorpresa la dio Birmania. De una inamovible y represiva dictadura militar, sostenida económicamente por su gigantesco protector, inesperados pasos la conducen hacia la democratización y el orden civil. El proceso ha contado con el reconocimiento y sólido apoyo de la comunidad internacional. Mas, con el desconcierto del antiguo Imperio Celeste ante la brusca pérdida de influencia en su arquitectura de política exterior. Y no es lo peor.

Corea del Norte ha sido otro caso, pero mucho más grave en díscolo comportamiento, sobre todo por la cercanía y naturaleza del asunto. El agotamiento del modelo totalitario que ha producido la dinastía comunista Kim, ahora en su fatigosa e ininterrumpida tercera parte, ha llegado a un punto de peligrosa ebullición: un inaceptable nivel de desafío a la comunidad internacional, imponiendo el amenazante uso de sus armas atómicas y misiles balísticos.

China le ha tirado de las orejas en dos ocasiones. Primero en un reciente lanzamiento de misil continental. La segunda, por causa de otra explosión atómica subterránea, ocurrida en febrero pasado. Para colmo, la gran potencia confiesa con cierta perplejidad que apenas tiene contactos oficiales con el revoltoso pupilo.  

Pero los regaños no han torcido la belicosidad del nuevo líder-heredero Kim Jong-un y su más agresivo círculo de poder. Tampoco frenó su beligerancia la suma de severas sanciones aplicadas por la ONU a consecuencia de la realización de la prueba nuclear y el lanzamiento de misiles.

Esta pertinaz irreverencia ha traído controvertidos conflictos en la dirección china. Algunos analistas recomiendan soltar el lastre norcoreano y apoyar la reunificación de la península. Sin embargo, y pese a los velados reproches a Corea del Norte hechos por el presidente chino Xi Jinping en el foro económico internacional de Boao, en la isla de Hainan, las reacciones oficiales de inmediato han reprimido ese tipo de declaraciones. Esto deja como evidente que una medida tan radical sacudiría demasiado los artríticos parámetros dentro de los cuales aún funciona la rígida política exterior del Partido y gobierno chinos, quizás en una muy lenta transición, alejándose del antiguo formato de protectorado.

A consecuencia de este desapego, prominentes especialistas especulan sobre las graves consecuencias que tendría para China un conflicto bélico en la península coreana. Una parte de estas opiniones alude al peligro de que el conflicto entre las dos Coreas devenga en una conflagración atómica que desestabilice la región. Otras, vaticinan las consecuencias de la presencia de un nuevo rival económico en el Extremo Oriente, emergiendo de una nación unificada bajo la impetuosa economía surcoreana. Y ambas expectativas ponen como factor de peligro la cercanía geográfica.

Mas, de emerger una nueva nación reunificada en Corea, sería en medio de una ruina post-bellum. La nueva Corea sufriría un retraso aún mayor que el que detuvo el vigoroso crecimiento alemán cuando la reunificación con la zona oriental en la década de los 90 del siglo pasado. Es poco probable que una nueva Corea unificada se transforme en un rival económico serio para China en menos de treinta o cuarenta años.

Por otra parte,  pese a declaraciones en las que se alude la fortaleza militar de China para repeler cualquier agresión y a la evidente ausencia de un enemigo externo capaz de invadirla, los reales miedos de China son veladamente omitidos. El temor verdadero es otro: un brusco desbalance de su política exterior provocaría consecuencias en su frágil orden interno.

Ya atentos a las consecuencias de las últimas experiencias históricas mundiales, sobre todo el nada tranquilizador para ellos ejemplo de la ola liberadora del Medio Oriente, los mandarines chinos han comprendido la imparable fuerza de cambio que provoca la globalización sobre las estructuras monolíticas de gobierno. Saben que dada la crisis económica que sufren las zonas más desarrolladas de Occidente, su otrora mayor receptor de mercancías y servicios, debe cambiar el formato de maquiladora-exportadora concebido hace décadas para la economía china en un intento de evitar la enorme dependencia externa.

Resulta fácil vislumbrar que una crisis bélica en Corea descompensaría abruptamente el vidrioso orden interno del gigante asiático. El país sufriría un aceleramiento de sus enormes contradicciones sin solucionar: abismal disparidad de crecimiento económico entre el Oriente y Occidente del país; conflictos coloniales internos en territorios fronterizos como el Tíbet o el musulmán Xinjian; corrupción galopante y crisis laborales y sociales con pocas soluciones prácticas....

Una sociedad impaciente e irritada por su bajo nivel de vida  buscaría  saltarse el obstáculo del férreo control político y legislativo del Partido Comunista. Intentaría emprender una nación más accesible a las decisiones  Y como consecuencia de su propio precedente histórico, la reacción de violencia del Partido totalitario sería muy probable. El caos alejaría las ambiciosas posibilidades de transformar a China en una superpotencia mundial.

Así, el vecino más impaciente con la irritante insubordinación norcoreana es China. Quizás la inquietud ante un desastre imparable sea lo que esté cosechando luego de tantas décadas de sostenimiento y pupilaje a una brutal tiranía oriental. 

Publicidad

Videos

Publicidad