Espías buenos y negros malos

Julius y Ethel Rosenberg

Julius y Ethel Rosenberg, miembros del Partido Comunista, se convirtieron en los primeros civiles en ser ejecutados por espionaje en Sing Sing, el 19 de junio de 1953

 

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Se han cumplido sesenta años de la ejecución de los esposos Julius y Ethel Rosenberg, condenados a muerte en Estados Unidos por espiar para la Unión Soviética. La propaganda castrista recordó la fecha; el diario Granma publicó un artículo de Dalia González Delgado, en el cual califica el ajusticiamiento como un “asesinato legal”.

Los agitadores de pluma suelta del régimen cubano actúan como si todavía estuviéramos en 1953, cuando los partidarios del comunismo internacional —algunos tal vez de buena fe— denunciaban la detención y el enjuiciamiento de la pareja de judíos neoyorquinos como una clamorosa injusticia.

Los que erigieron el monumento a los Rosenberg en la esquina habanera de Paseo y Zapata, al igual que quienes al cabo de seis decenios siguen defendiendo la actuación del matrimonio, parecen no haberse enterado de los muchos elementos probatorios que han ido aflorando y que indican la responsabilidad de ambos, sobre todo del marido.

¿Desconocen esas personas que Nikita Jruschov, en sus memorias, expresó no poder precisar en qué consistió el apoyo específico brindado por ellos a la URSS, pero reconoció que, por conducto de Stalin y Mólotov, supo que el matrimonio “había prestado una importante ayuda para acelerar la fabricación de nuestra bomba atómica”?

¿Ignoran que los criptógrafos del proyecto americano-británico VENONA descifraron materiales —desclasificados ahora desde hace años— que demuestran que Julius Rosenberg era un espía y reclutador al servicio del Kremlin? Aunque parece que la importancia de los secretos nucleares que reveló no fue tan grande como se creyó en su momento, la información que suministró en otros campos fue amplísima.

Con el paso del tiempo, algunos de sus compinches, que lo negaron todo durante años, han reconocido su participación. ¿Habrán sentido arrepentimiento por haber traicionado a su Patria en provecho de una potencia criminal y feroz? ¿Por ayudar nada menos que a la Rusia de Stalin? Morton Sobell, quien purgó casi 18 años de encierro por la misma causa que los Rosenberg, reconoció en 2008 que conspiró para entregar a los soviéticos información industrial y militar clasificada.

Alexánder Feklísov, el oficial que actuó como contacto entre el espía y sus jefes de Moscú, sostuvo no menos de cincuenta encuentros con el primero. El ruso planteó en un libro que el señor Rosenberg no dominaba el tema atómico y por ende no pudo prestar mucha ayuda en este asunto. No obstante, reconoce que él sí suministró datos de inmensa utilidad sobre los sistemas electrónicos de los Estados Unidos.

En cuanto a Ethel, las nuevas informaciones no confirman su plena responsabilidad, aunque sí indican que por lo menos conocía los malos pasos de su marido y colaboró de modo consciente con él. En el caso de ella, los datos suministrados por VENONA resultan más ambiguos.

En resumidas cuentas, lo que a estas alturas puede ser objeto de dudas no es si fue justo o no sancionar al matrimonio como espías al servicio de la Unión Soviética, sino si sus actividades ameritaban la pena de muerte. Esto último resulta particularmente cierto en el caso de la mujer.

Por supuesto, ya se sabe que, en su tiempo, el rojerío internacional no anduvo con tales exquisiteces. Las acusaciones contra el “criminal imperialismo yanqui” llovían sin descanso. El inefable Jean-Paul Sartre calificó el caso como “un linchamiento legal que mancha de sangre a toda una nación”. Pablo Picasso se refirió a un “crimen contra la humanidad” (frase que el Granma repite ahora gustoso). En general, los franceses se dedicaron a hablar del “affaire Dreyfus americano”.

Pero debemos reconocer que esos personajes, al igual que muchos otros de ideas afines —Bertold Brecht, Dashiell Hammett, Diego Rivera, Frida Kahlo— actuaban al calor de los acontecimientos, y no conocían —ni podían conocer— las revelaciones y confesiones que sólo se hicieron públicas con el paso de los lustros.

No obstante, resulta obvio que esa justificación no puede alcanzar a quienes —¡a estas alturas!— insisten en los mismos temas gastados de la desfasada propaganda bolchevique. Ni siquiera aunque se utilice como ingrediente fundamental —como se hace en el artículo del Granma— la sensiblería lacrimosa.

Dalia González señala compungida: “Cuando Ethel caminaba hacia la silla eléctrica sabía que su esposo ya había sido ejecutado. ¿Cómo imaginar los últimos minutos de dolor de esa mujer? Pensaría acaso en los años felices, en los dos niños pequeños que dejaban”.

Como la colega escribe en la prensa oficialista cubana, debo confesar que su misericordia hacia los espías extranjeros me resultaría más creíble si ella hubiera mostrado igual compasión por los tres compatriotas nuestros de raza negra (por sólo citar el caso más reciente) que en 2003 fueron fusilados en menos de una semana por intentar secuestrar una embarcación, en un hecho que duró unas pocas horas y no ocasionó desgracias personales.